Se ha producido una nueva tragedia en el mundo del cine.
Una película de Star Wars ha conseguido que la gente se siente, compre un cubo de palomitas del tamaño de un asteroide —preferiblemente con forma de casco mandaloriano—, vea a un señor con armadura repartir hostias láser junto a una criatura verde adorable y salga diciendo: «Pues me lo he pasado de puta madre».
Naturalmente, hay quien ha activado el protocolo de emergencia.
Porque mientras el público cometía la irresponsabilidad de divertirse, en alguna redacción alguien se ajustaba las gafas, cerraba lentamente su libreta Moleskine y escribía con enorme preocupación: «Carece de profundidad narrativa».
Amigo.
Hay un señor volando con un jetpack mientras Grogu hace cosas con la Fuerza.
¿Qué profundidad querías? ¿Una reflexión de cuarenta minutos sobre la decadencia moral de la República mientras Grogu contempla melancólicamente un charco?
Crítica sin destripes: no vamos a reventarte las sorpresas. La película ya tiene bastante con los señores de la guerra imperiales.
La película sabe exactamente qué quiere ser
The Mandalorian y Grogu parece haber cometido uno de los mayores pecados posibles para cierta crítica cinematográfica moderna: saber exactamente qué película quiere ser y hacerla.
No pretende disfrazarse de tesis doctoral con sables láser, ni convertir cada pausa entre explosiones en una ponencia sobre el trauma generacional de la galaxia. Es una aventura de acción con un cazarrecompensas mandaloriano, su aprendiz diminuto, bichos, naves, disparos y el tipo de energía que hace que te plantees seriamente si una capa queda bien con un casco de beskar.
Jon Favreau continúa la historia de Din Djarin y Grogu después de la caída del Imperio. La Nueva República intenta mantener el orden mientras los restos imperiales siguen haciendo lo que mejor se les da: tocar las narices a escala galáctica. La premisa oficial es así de directa; Din y Grogu reciben una nueva misión dentro de ese paisaje de señores de la guerra y ruinas imperiales.
Y funciona porque la película no se avergüenza de ello.

Que algo sea sencillo no significa que sea tonto
Existe una manía muy moderna de confundir «no me ha cambiado la vida» con «no sirve para nada». Como si una película solo justificase su existencia cuando termina con el espectador mirando al techo, reconsiderando su relación con la mortalidad y llamando a su padre.
Pues no.
A veces una película existe para que un tipo con armadura use un jetpack, Grogu se meta donde nadie le ha pedido y la sala recuerde por qué los blockbusters pueden ser una fiesta. Eso no es poca cosa. De hecho, después de tantas superproducciones que parecen pedir perdón por tener presupuesto, quizá sea hasta bastante.
La apuesta de Favreau es clara: acción, humor, criaturas nuevas y una relación central que sigue funcionando porque Din y Grogu no necesitan explicar lo que son cada tres minutos. Uno habla poco porque lleva casco; el otro habla menos porque, bueno, es Grogu. Y, aun así, se entienden mejor que media plantilla de guionistas intentando escribir diálogos trascendentales.
Grogu, amenaza para la seguridad laboral
Grogu ya no es solo el muñeco más rentable de la galaxia. Sigue siendo el pequeño agente del caos que convierte cualquier misión seria en una visita de inspección a un parque infantil con armas de destrucción masiva.
Su condición de aprendiz mandaloriano y su entrenamiento con la Fuerza forman parte de la propuesta oficial de la película. Eso abre una combinación bastante particular: el niño puede enternecerte durante treinta segundos y, acto seguido, hacer que todo el mundo alrededor revise el seguro de sus aparatos peligrosos.

No hace falta convertir cada gesto suyo en una parábola sobre la paternidad contemporánea. La película entiende algo esencial: Grogu es tierno, sí; también es un gremlin espacial con poderes. Las dos cosas pueden ser verdad. Y las dos cosas son bastante divertidas.
Star Wars también puede ser una verbena espacial
Que una historia de Star Wars tenga ideas, personajes y un trasfondo político no está reñido con que, de vez en cuando, se dedique a poner naves a perseguirse, monstruos a rugir y a un mandaloriano a solucionar problemas de la forma tradicional: avanzando hacia ellos con determinación y armamento.
La película no tiene que cargar con la tarea de arreglar toda la franquicia ni con la de explicar cada rincón de la cronología galáctica. Su trabajo es más concreto: proponerte una aventura independiente que recompense al fan de la serie sin exigir a quien llega de nuevas un máster en guerras clon, sectas de casco obligatorio y criaturas que caben en una mochila.
Eso no significa que sea inmune a las objeciones. Quien busque una epopeya densísima, una reinvención total de la saga o un laberinto de lecturas políticas probablemente se quede con hambre. Pero pedirle a esta película que sea otra cosa es como pedirle a un bláster que haga gazpacho. Puede que técnicamente exista una manera, pero nadie debería querer verla.
El pecado de pasárselo bien
El fondo de la discusión no es si una película ligera puede tener defectos. Claro que puede. Es si hemos decidido que la diversión directa necesita pedir perdón antes de entrar en la sala.
Aquí no hay disculpa. Hay una aventura que abraza el espectáculo, el vínculo entre Din y Grogu y la imaginación de una galaxia donde un señor con casco puede ser una figura paterna estupenda mientras esquiva explosiones. Una película que se toma en serio lo suficiente como para que importen sus personajes, pero no tanto como para olvidar que hay un universo entero de marcianos, naves y cacharros esperando a hacer ruido.
Y eso, en una saga que a veces ha confundido el peso de su propio apellido con tener algo que contar, se agradece como encontrar una cantina abierta después de sobrevivir a un campo de asteroides.
Veredicto gamberro
The Mandalorian y Grogu no es la respuesta definitiva a todos los debates sobre Star Wars. Gracias a la Fuerza. Bastante tenemos ya con los debates sobre Star Wars.
Es una aventura clara, cálida y orgullosamente palomitera: Din reparte hostias, Grogu hace de las suyas y Jon Favreau vuelve a recordar que el espectáculo no es una palabra fea. Si necesitabas que una película de estos dos personajes fuera exactamente eso, puedes dejar la libreta Moleskine en la entrada y disfrutar.
Nota gamberra: 8 jetpacks sobre 10. Uno se ha quedado atrapado en una reflexión sobre la decadencia moral de la República.
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Ficha rápida
- Título: Star Wars: The Mandalorian and Grogu
- Dirección: Jon Favreau
- Guion: Jon Favreau, Dave Filoni y Noah Kloor
- Reparto principal: Pedro Pascal, Sigourney Weaver y Jeremy Allen White
- Música: Ludwig Göransson
- Estreno en cines: 22 de mayo de 2026
- Dónde verla: Disney+
Fuentes y créditos
La ficha, la sinopsis, el equipo creativo y la disponibilidad se han contrastado en la página oficial de la película en StarWars.com y en la nota de prensa española de Disney. Disney confirmó el estreno exclusivo en Disney+ el 2 de septiembre de 2026.
Las imágenes son miniaturas promocionales de los clips oficiales de Lucasfilm enlazados desde la página oficial de la película: "Ace of Staves", "Don't Touch the Missile Battery Switch" y el tráiler oficial. © 2026 Lucasfilm Ltd. Uso editorial, informativo y de crítica.