Cuando Nintendo anunció que dejaría a Illumination las llaves del Reino Champiñón, muchos agarramos el mando con una mano y el rosario gamer con la otra. El estudio de los Minions sabe fabricar taquillazos, pero Mario no es una mascota cualquiera: es prácticamente el fontanero oficial de nuestra infancia.
El resultado no pretende reinventar el cine de animación ni explicar el vacío existencial de una seta con ojos. Quiere que pases hora y media con una sonrisa de ocho bits, que reconozcas veinte referencias por minuto y que salgas tarareando una melodía de Koji Kondo. En eso, la película acierta como una concha roja a dos metros de la meta.
Un guion que cabe en el reverso de una factura
La historia funciona con la sencillez de un nivel 1-1. Mario y Luigi intentan abrirse camino como fontaneros en Brooklyn, una tubería con muy malas intenciones los separa y Bowser aparece dispuesto a conquistar reinos y corazones sin que nadie se lo haya pedido. Mario deberá aliarse con Peach y los Kongs para recuperar a su hermano.
No hay mucho más. Los personajes evolucionan a la velocidad de un kart con tres champiñones turbo y algunas emociones apenas tienen tiempo de aterrizar. Luigi pasa demasiado rato secuestrado, Peach parece llevar años esperando a que empiece la partida y la relación entre los dos hermanos merecía un par de escenas adicionales.
¿Es un problema? Sí, pero no uno mortal. La película sabe que su misión principal no es ganar un Óscar al mejor guion adaptado: es transformar cuarenta años de iconografía jugable en una aventura familiar que no trate al fan como si acabara de caerse de una tubería.
Fan service disparado con una ametralladora de conchas
Aquí es donde Nintendo e Illumination sacan matrícula. Cada escenario está construido con una cantidad absurda de cariño: los bloques, las tiendas, los sonidos, los enemigos que cruzan el plano durante medio segundo y hasta ciertos carteles de Brooklyn. Hay referencias obvias, otras reservadas para quien todavía recuerda dónde soplaba el cartucho y unas cuantas que exigen pausa, lupa y probablemente no tener vida social.
Lo mejor del banquete:
- La música de Brian Tyler, que retuerce los temas clásicos de Koji Kondo hasta convertirlos en una banda sonora de aventura gigantesca. Cuando la película confía en esas melodías, juega con estrella de invencibilidad.
- El entrenamiento de Mario, una traducción estupenda de la lógica ensayo-error del videojuego. Se cae, se golpea y vuelve a intentarlo: el auténtico currículo de cualquier jugador.
- La Senda Arcoíris, convertida en una persecución que mezcla velocidad, caos y una saludable falta de respeto por las normas de tráfico.
- Los pequeños guiños, desde Punch-Out!! hasta la selección de karts. Algunos duran menos que un Toad guardando un secreto, pero están ahí.
El riesgo de tanto homenaje es evidente: a veces la película parece una visita guiada por el museo de Nintendo con Bowser cobrando la entrada. Pero el ritmo y la inventiva visual consiguen que casi siempre se sienta como una celebración, no como una presentación de catálogo con esteroides.
Bowser se roba la película y también el piano
Chris Pratt cumple como Mario, Anya Taylor-Joy le da energía a Peach y Charlie Day convierte a Luigi en un manojo de nervios muy querible. Pero Jack Black entra en escena, se sienta al piano y decide que la película es suya. Nadie se atreve a llevarle la contraria; mide varios metros y escupe fuego.
Su Bowser funciona porque puede pasar de conquistador aterrador a adolescente enamorado en el tiempo que tarda en pronunciar “Peaches”. Es malvado, ridículo, ególatra y sorprendentemente vulnerable: un cóctel perfecto para que cada aparición suba el contador de diversión.
La balada es un chiste sencillo, pero Jack Black la interpreta con una entrega tan desproporcionada que termina siendo irresistible. Bowser no necesita terapia; necesita que alguien le quite el piano, le bloquee a Peach en todas las redes y le explique el concepto de consentimiento con una presentación de PowerPoint ignífuga.
No todo son estrellas de invencibilidad
La película tiene dos enemigos que ni Mario consigue pisotear. El primero es la prisa: hay reinos, personajes y conflictos que aparecen justo a tiempo para saludar y marcharse. El segundo es la selección de canciones pop insertadas en momentos donde la música original de Tyler y Kondo habría tenido mucha más personalidad.
También se echa de menos algo de riesgo. Nintendo vigila su universo como quien presta un cartucho impoluto a un primo pequeño: con cariño, pero sin apartar los ojos ni un segundo. Todo está pulido, aprobado y colocado donde corresponde. Funciona de maravilla, aunque rara vez sorprende de verdad.
Veredicto gamberro
Super Mario Bros. La Película no es Ciudadano Kane con champiñones, ni falta que le hace. Es una montaña rusa de referencias, colores y música diseñada para juntar en el sofá a quien descubrió a Mario en una NES y a quien lo conoció ayer en una Switch.
Podría tener un guion con más carne, menos canciones prestadas y unos minutos extra para Luigi. Aun así, entiende algo que otras adaptaciones tardaron décadas en aprender: respetar un videojuego no consiste solo en copiar su aspecto, sino en reproducir la sensación de jugarlo.
Puntuación gamberra: 8/10. Le quitamos un punto por las prisas y otro por no darle a Bowser un álbum completo de baladas tóxicas.
Y aquel deseo de una secuela ya no necesita estrella fugaz: The Super Mario Galaxy Movie llegó a los cines en abril de 2026. El fontanero ha pasado de Brooklyn al espacio. Normal: después de romper la taquilla, quedarse en la Tierra era jugar en modo fácil.