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La Taberna del Gamberro

Vine por Zelda y acabé mirando aspiradoras: la prensa del videojuego en modo teletienda

Leer un análisis se ha convertido en esquivar anuncios. Aspiradoras, publirreportajes y confianza del lector: una colleja desde la Taberna.

Por Navaja Pixel5 de noviembre de 202610 min de lectura
Vine por Zelda y acabé mirando aspiradoras: la prensa del videojuego en modo teletienda

Quieres saber si un videojuego merece tu tiempo y tu dinero. La web quiere saber si aceptas las cookies, permites las notificaciones, necesitas un robot aspirador y tienes un momento para escuchar un anuncio que acaba de empezar a sonar. El análisis está por alguna parte. Encontrarlo ya cuenta como contenido adicional.

Hay una aventura que la industria del videojuego lleva años perfeccionando y que, incomprensiblemente, sigue sin recibir nominaciones: conseguir leer un análisis en determinadas páginas de videojuegos.

La misión empieza con una búsqueda sencilla. Quieres saber qué tal está el nuevo Zelda, si ese juego de rol cumple lo que prometía o si la versión de consola funciona decentemente. Abres una página y aparece el primer jefe: una ventana de consentimiento cuyo botón para aceptar parece diseñado por Nintendo y cuya opción para rechazar requiere explorar unas ruinas administrativas que ni Indiana Jones encontraría con un mapa.

Superada esa fase, aterrizas en el artículo. O crees que aterrizas, porque un anuncio termina de cargar y desplaza el texto justo cuando ibas a tocarlo. Ahora estás mirando una oferta de electrodomésticos, un vídeo habla desde una esquina y una franja pegada al borde de la pantalla te recuerda que comprar también es una forma de vivir experiencias.

Tú habías venido a informarte sobre un videojuego, pero la página ha decidido que antes necesitas una hipoteca, un seguro de vida y un robot aspirador que cuesta más que la consola.

El verdadero mundo abierto es encontrar el segundo párrafo

La publicidad puede financiar trabajo periodístico. Detrás de un análisis hay horas de juego, redacción, edición y gente que tiene la desagradable costumbre de necesitar comer. Mantener una publicación cuesta dinero, y exigir trabajo profesional gratuito mientras nos ofendemos por cualquier anuncio tampoco conduce a un debate demasiado inteligente.

Ahora bien, entre colocar publicidad y convertir una página en un circuito de obstáculos diseñado por un psicópata con conocimientos de marketing hay un trecho considerable.

Cuando el texto se estrecha entre dos columnas comerciales, un vídeo sigue al lector como un enemigo con problemas de apego y cada desplazamiento descubre una nueva superficie patrocinable, la experiencia empieza a parecer una broma de mal gusto. Solo falta que, después de cerrar cinco anuncios, aparezca un mensaje felicitándote por completar el tutorial.

Especialmente en el móvil, donde el espacio disponible ya exige elegir qué merece estar en pantalla. Si una parte importante queda ocupada por elementos que nadie ha venido a buscar, leer se convierte en una negociación constante con la interfaz.

Hay webs en las que cerrar anuncios exige más precisión que hacer un parry en Sekiro. El problema es que, cuando fallas, acabas en la página de una compañía de seguros y el navegador te pregunta si quieres permitir las notificaciones de una tienda de colchones.

Y después cuesta tomarse en serio un análisis que critica los menús confusos, los tutoriales intrusivos o las interrupciones constantes de un videojuego. Hermano, llevas toda la página haciéndome exactamente eso.

Y tratar con respeto a la audiencia incluye permitirle terminar una frase sin que la pantalla se reorganice como una puta fase del Tetris.

La industria lleva años hablando de experiencia de usuario, accesibilidad y diseño intuitivo. Algunas publicaciones especializadas podrían empezar por conseguir que sus propios lectores encuentren el puto texto.

Un lector intenta llegar al texto atravesando una carrera de obstáculos formada por anuncios y ventanas emergentes. Ilustración original generada con IA para El Pixel Gamberro.
Un lector intenta llegar al texto atravesando una carrera de obstáculos formada por anuncios y ventanas emergentes. Ilustración original generada con IA para El Pixel Gamberro.

La aspiradora también quiere su análisis

En una publicación de tecnología pueden tener sentido una aspiradora conectada, unos auriculares o un aparato para convertir el salón en una estación espacial. También puede haber lectores interesados en esos productos. Cada medio decide su especialización y hasta dónde quiere ampliarla.

Pero resulta bastante cómico entrar en una web por su cobertura de videojuegos y descubrir que el entusiasmo editorial también alcanza la potencia de succión, la limpieza de esquinas y el mantenimiento de las mopas.

Sobre todo cuando ese entusiasmo viene acompañado de un botón de compra que se ve mejor que la firma del artículo.

De repente, el mismo entusiasmo que ayer servía para anunciar el regreso de una saga legendaria hoy se utiliza para explicarte que un electrodoméstico ha revolucionado la manera de quitar las migas del suelo. A este ritmo, cualquier día encontraremos un análisis de una freidora de aire con apartados dedicados a la jugabilidad, la narrativa y la rejugabilidad de las croquetas.

Y lo peor es que probablemente tendría un 9 sobre 10.

La pregunta interesante es cómo ha llegado ese producto hasta allí. ¿Lo ha elegido la redacción porque considera que merece una prueba? ¿Existe un patrocinio? ¿La publicación puede obtener una comisión si compras desde sus enlaces? ¿Estamos leyendo una valoración con criterio o un catálogo al que alguien ha puesto una entradilla?

Un enlace de afiliado no convierte automáticamente una recomendación en una mentira. Un patrocinio tampoco demuestra por sí mismo que una publicación haya vendido su criterio. Pero cuando las relaciones comerciales se esconden detrás de formulaciones ambiguas, la confianza empieza a tambalearse.

Si para comprender quién gana dinero con tu compra necesitas completar una misión secundaria, alguien ha diseñado muy bien el embudo comercial y bastante mal la relación con su público.

Cuando el departamento comercial desbloquea el modo historia

La prensa especializada vive de una promesa bastante sencilla: conocer un tema, dedicarle tiempo y ayudar al lector a separar lo interesante del ruido.

Esa promesa pierde fuerza cuando todo acaba teniendo el mismo tono entusiasta. El lanzamiento que promete revolucionar el género, el accesorio imprescindible, la oferta que no puedes dejar escapar y el aparato doméstico que cambiará tu vida empiezan a sonar como personajes escritos por el mismo departamento de marketing.

Y esa confusión tiene consecuencias. Una recomendación vale algo porque el lector cree que quien la hace está dispuesto a recomendar también que se guarde el dinero. Si comprar siempre parece la conclusión más razonable, la utilidad del medio empieza a parecerse demasiado a la de un dependiente con objetivos de ventas.

El mejor consejo de compra puede ser perfectamente «lo que ya tienes te sirve», «espera a que lo arreglen» o «este producto aporta bastante menos de lo que promete».

Son conclusiones poco espectaculares. No llevan luces RGB, no prometen cambiarte la vida y probablemente generan menos ingresos que anunciar una oportunidad histórica con un contador al lado. Pero ayudan al lector, que supuestamente era el personaje principal de todo este tinglado.

La independencia editorial se demuestra especialmente cuando ejercerla resulta incómodo.

Porque poner en tu página que eres independiente queda precioso. Casi tanto como colocar una fotografía del equipo mirando al horizonte con los brazos cruzados y cara de estar salvando el periodismo.

Lo complicado viene cuando hay que publicar algo que no le va a gustar demasiado a quien tiene la cartera.

La industria vende el ruido y algunos medios le ponen un lazo

Las editoras tienen equipos de marketing cuya misión consiste en presentar sus productos bajo la mejor luz posible. Es perfectamente normal. Para eso les pagan y sería bastante absurdo exigirles que acompañaran cada tráiler con un comunicado explicando que su último lanzamiento quizá no es para tanto.

El problema aparece cuando determinados medios parecen haber decidido que contrastar esas promesas supone un esfuerzo innecesario.

Una compañía anuncia una actualización que corrige tres errores y añade dos opciones al menú, y de repente tenemos un acontecimiento histórico. Un desarrollador comenta que le gustaría recuperar una saga y ya aparecen titulares que sugieren su regreso. Alguien publica una imagen misteriosa y media internet empieza a hablar de una revolución que todavía no sabe ni en qué consiste.

Todo acompañado, naturalmente, de expresiones como «nadie esperaba esto», «los jugadores no dan crédito» o «la noticia que está revolucionando las redes».

Luego entras y descubres que un diseñador ha dicho que le gustan los videojuegos.

La capacidad de convertir cualquier tontería en un acontecimiento extraordinario empieza a merecer estudio académico. Si mañana Nintendo anuncia que ha cambiado las bombillas de sus oficinas, seguro que alguien encuentra la manera de titular que la compañía japonesa prepara una nueva era de iluminación.

Y no faltará quien añada un enlace para comprar las bombillas.

Lo verdaderamente preocupante es que este modelo también puede perjudicar al trabajo periodístico que sí merece la pena. Los profesionales que investigan, contrastan, prueban productos y redactan análisis rigurosos terminan compitiendo por la atención con una montaña de contenido fabricado para alimentar algoritmos y generar impresiones publicitarias.

La prensa especializada debería aportar algo que el departamento de marketing de una compañía no puede ofrecer: una mirada independiente, argumentos propios y la capacidad de decir que el emperador va desnudo aunque haya pagado una campaña publicitaria estupenda para presumir de traje.

Para repetir eslóganes ya tenemos los anuncios. No hace falta disfrazarlos de periodismo.

Una máquina editorial convierte material comercial y una aspiradora en una página de recomendaciones de compra. Ilustración original generada con IA para El Pixel Gamberro.
Una máquina editorial convierte material comercial y una aspiradora en una página de recomendaciones de compra. Ilustración original generada con IA para El Pixel Gamberro.

En El Píxel Gamberro no hemos venido a venderte una aspiradora

En El Píxel Gamberro queremos hablar de videojuegos, entretenimiento y todas esas cosas que nos hacen discutir con demasiado entusiasmo para tratarse, supuestamente, de simples aficiones.

Aquí no tenemos anuncios, ventanas emergentes ni una aspiradora esperando para abalanzarse sobre tu tarjeta de crédito. Tampoco tenemos intención de convertir cada artículo en un escaparate comercial.

Si un juego es una maravilla, lo diremos. Si es una mierda envuelta en una campaña de marketing millonaria, también. Y si alguna compañía se enfada porque no le hemos acariciado el lomo, siempre puede buscar consuelo en su departamento de relaciones públicas.

Nuestra decisión de no aceptar publicidad forma parte de esa manera de entender la revista. No significa que hayamos descubierto una fórmula mágica para hacer periodismo, ni que una página limpia convierta automáticamente todas nuestras opiniones en verdades absolutas. También podemos equivocarnos, valorar algo de manera diferente a nuestros lectores o publicar una crítica con la que medio internet no esté de acuerdo.

La independencia no consiste en tener siempre razón, sino en poder expresar un criterio sin que una relación comercial determine lo que debes decir.

Aquí queremos que entres porque te interesa lo que contamos y que vuelvas porque te ha merecido la pena leerlo.

El lector no debería ser el enemigo final

La prensa del videojuego tiene un papel importante. Puede descubrir obras que pasarían desapercibidas, denunciar malas prácticas, analizar decisiones creativas y ayudar a que alguien no tire setenta u ochenta euros en un producto que no merece la pena.

Pero para cumplir esa función tiene que recordar algo bastante elemental: el lector no es un obstáculo entre la publicación y sus ingresos.

Es la razón por la que debería existir.

No estamos pidiendo que desaparezca toda la publicidad de internet ni que los redactores trabajen a cambio de aplausos y bocadillos. Estamos pidiendo algo mucho menos revolucionario: que cuando alguien entre en una página para leer sobre videojuegos, pueda hacerlo sin sentir que acaba de atravesar la sección de electrodomésticos de unos grandes almacenes durante el Black Friday.

Que los anuncios no devoren el contenido, que las recomendaciones comerciales sean transparentes y que los artículos tengan algo más que titulares llamativos y palabras recicladas de una nota de prensa.

La aspiradora puede esperar en otra pestaña.

Queríamos saber si el juego era una mierda. Después de cerrar tanto anuncio, solo tenemos claro que la web sí lo era.

Ilustraciones originales generadas con IA para El Pixel Gamberro. Representan escenas ficticias; no son capturas de medios ni imágenes oficiales de productos.

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