Mike Flanagan recupera el clásico de Stephen King para demostrar que los adolescentes no necesitan poderes sobrenaturales para convertirse en auténticos monstruos. La nueva serie de Prime Video actualiza la pesadilla de Carrie White con redes sociales, acoso digital y una buena dosis de terror psicológico. Y, por supuesto, alguien acabará lamentando haber organizado el baile de graduación.
Imagen de portada: © Amazon MGM Studios / Prime Video. Fuente: About Amazon.
Hay dos cosas que nunca cambian: Stephen King disfruta haciendo sufrir a sus personajes y los institutos estadounidenses parecen diseñados por un comité de psicópatas con presupuesto educativo. Si encima metemos en la ecuación a una adolescente con poderes telequinéticos, una madre obsesionada con el pecado y unos compañeros que confunden el acoso escolar con una actividad extraescolar, el desastre está prácticamente garantizado.
Bienvenidos de nuevo a Carrie.
Cincuenta años después de que Brian De Palma llevara al cine una de las historias más perturbadoras de Stephen King, Mike Flanagan ha decidido recuperar a la pobre Carrie White y devolverla al instituto. Porque, aparentemente, aquella muchacha no había sufrido bastante.
La diferencia es que ahora sus compañeros llevan teléfonos móviles, tienen redes sociales y pueden convertir una humillación en espectáculo mundial antes de que termine el recreo.
Y nosotros, que pensábamos que el sistema educativo había mejorado.
Carrie White: la adolescente que debería haber solicitado educación a distancia
La historia sigue a Carrie White, interpretada por Summer H. Howell, una adolescente que ha crecido prácticamente aislada del mundo bajo la estricta vigilancia de su madre, Margaret, a quien da vida Samantha Sloyan.
Tras la muerte de su padre, Carrie debe enfrentarse por primera vez a la vida escolar convencional. Lo que para cualquier adolescente podría representar una oportunidad de hacer amigos, descubrir la independencia y empezar a vivir, para ella se convierte en una colección de humillaciones que harían parecer simpático al mismísimo Freddy Krueger.
Carrie desconoce buena parte de las reglas sociales que sus compañeros dan por supuestas. Es ingenua, diferente y tremendamente vulnerable. En otras palabras, reúne todos los requisitos para convertirse en el blanco favorito de los imbéciles del instituto.
Pero hay un pequeño inconveniente.
Carrie posee poderes telequinéticos.
Y cuando alguien capaz de mover objetos con la mente empieza a acumular años de sufrimiento y frustración, quizá lo más inteligente sea dejar de tocarle las narices.
Una reflexión que, lamentablemente, parece escaparse del programa educativo estadounidense.
El verdadero monstruo no necesita poderes, solo una cuenta de Instagram
Una de las decisiones más interesantes de Flanagan consiste en trasladar la historia al presente sin limitarse a cambiar los pantalones de campana por teléfonos inteligentes.
En la novela original, publicada en 1974, la crueldad adolescente ya ocupaba un lugar fundamental. Sin embargo, el acoso escolar tenía ciertas limitaciones físicas. Un insulto podía quedarse en el pasillo, una humillación terminaba cuando sonaba el timbre y las vacaciones ofrecían alguna posibilidad de escapar.
Ahora el instituto cabe en el bolsillo.
Las agresiones se graban, las burlas circulan por internet y la vergüenza puede perseguir a una víctima las veinticuatro horas del día. El acosador ya ni siquiera necesita estar presente para seguir haciendo daño. Le basta con tener batería y una conexión decente.
Flanagan utiliza esta realidad para actualizar el sufrimiento de Carrie y recordar algo bastante incómodo: la tecnología ha avanzado muchísimo, pero nuestra capacidad para comportarnos como auténticos capullos continúa funcionando a pleno rendimiento.
La serie también incorpora otras inquietudes contemporáneas, como la violencia escolar y el miedo que forma parte de la vida cotidiana de muchos estudiantes.
No se trata simplemente de ponerle un móvil a Carrie y esperar que el público joven se identifique con ella. La intención es mostrar cómo una tragedia concebida hace más de medio siglo puede resultar todavía más perturbadora en una sociedad obsesionada con grabarlo absolutamente todo.

Samantha Sloyan: cuando tu madre da más miedo que cualquier demonio
Si hay alguien capaz de complicarle todavía más la existencia a Carrie, es su propia madre.
Margaret White siempre ha sido uno de los personajes más inquietantes de esta historia. Su fanatismo religioso, su visión enfermiza del pecado y su necesidad de controlar cada aspecto de la vida de su hija convierten el hogar familiar en una prisión disfrazada de refugio espiritual.
Samantha Sloyan recoge ese legado, pero la nueva adaptación introduce una dimensión más compleja en su relación con Carrie.
Esta Margaret no funciona únicamente como una caricatura de la intolerancia religiosa. También es una mujer profundamente asustada, convencida de que el mundo exterior representa una amenaza constante.
Y aquí aparece uno de los elementos más interesantes de la serie: comprender el miedo de Margaret no significa justificar sus actos.
El control puede presentarse como protección, la manipulación como amor y el aislamiento como una forma de mantener a salvo a quienes queremos. El problema llega cuando esa supuesta protección termina destrozando precisamente a la persona que pretende defender.
Carrie tiene que enfrentarse a un mundo que la rechaza y regresar cada noche a una casa donde tampoco puede ser libre.
Vamos, que la muchacha necesita urgentemente un abrazo, una psicóloga y probablemente una orden de alejamiento.

Las otras Carrie: remakes innecesarios y Megan Fox intentando apuntarse al desastre
Antes de que Mike Flanagan decidiera recuperar a Carrie White, Hollywood ya había intentado resucitar a la pobre muchacha en varias ocasiones. Porque cuando una película funciona, la industria tiene dos opciones: dejarla tranquila o desenterrarla, maquillar el cadáver y cobrarte otra entrada. Adivinad cuál suele elegir.
En 1999 llegó Carrie 2: la ira, una secuela que demostró que los poderes telequinéticos podían heredarse, pero el talento para justificar una segunda película, por desgracia, no. En 2002 apareció una adaptación televisiva protagonizada por Angela Bettis, que al menos intentaba ofrecer una interpretación diferente de la historia.
Pero en 2013 llegó Kimberly Peirce con Chloë Grace Moretz y Julianne Moore para demostrarnos que una película puede tener buenas actrices, mejores efectos especiales y absolutamente ninguna razón para existir.
La Carrie de 2013 es ese tipo de remake que parece concebido durante una reunión de ejecutivos en la que alguien pregunta: «¿Y si hacemos exactamente lo mismo, pero con móviles?». Una idea revolucionaria, desde luego. Después de semejante despliegue creativo, suponemos que el responsable se marchó a casa con una prima de productividad y un ascenso.
Moretz hace lo que puede y Julianne Moore aporta bastante más de lo que merece el invento, pero la película tiene la personalidad de una fotocopia hecha con el tóner a punto de agotarse. Han pasado casi cuarenta años desde el original y la gran aportación consiste en que ahora los adolescentes pueden ser unos hijos de puta también por internet. Gracias, Hollywood. Sin vuestra ayuda jamás lo habríamos descubierto.
Pero la historia pudo ser todavía más disparatada.
Megan Fox estuvo interesada en interpretar a Carrie White. Sí, Megan Fox.
Al menos eso aseguraban varias publicaciones en 2011, cuando empezaban a circular los rumores sobre el reparto del remake.
La misma actriz que en Transformers había perfeccionado el difícil arte de aparecer en pantalla mientras Michael Bay hacía explotar cualquier objeto que tuviera ruedas. Una interpretación exigente donde el verdadero protagonista era, generalmente, el presupuesto de pirotecnia.
Fox ya había probado el terror adolescente con Jennifer's Body en 2009, una película sobre una estudiante poseída por un demonio que desarrolla la desagradable costumbre de devorar compañeros de instituto. La cinta terminó encontrando un público de culto con los años, algo que demuestra que incluso Hollywood puede equivocarse dos veces con una misma película: primero vendiéndola como un catálogo de Megan Fox con colmillos y después sorprendiéndose de que tuviera algo más que contar.
Vamos a ver, que Megan Fox está más buena que el pan recién salido del horno no lo vamos a discutir. Pero una cosa es estar de toma pan y moja y otra muy distinta saber actuar. Hollywood se pasó años construyendo su carrera a base de escotes, modelitos ajustados y planos en los que Michael Bay parecía más interesado en sus tetas que en explicarnos por qué coño estaban peleándose los Transformers.
Y claro, cuando tu principal mérito interpretativo consiste en conseguir que el público se olvide de que hay un guion, tienes un pequeño problema. Porque estar como un queso puede vender millones de entradas, Megan, pero no te convierte automáticamente en Meryl Streep.
Imaginarla como Carrie resulta fascinante. Una adolescente tímida, socialmente aislada y atormentada por el fanatismo religioso de su madre, interpretada por una actriz a la que Hollywood llevaba años promocionando como si acabara de salir del departamento de carrocería de Transformers.
Habría sido un desafío interpretativo considerable. Especialmente para los responsables de marketing, que tendrían que encontrar la manera de vender una historia sobre el sufrimiento adolescente sin convertir el cartel en otro anuncio de colonia.
Al final, Megan Fox no fue Carrie, Michael Bay no pudo colocar un helicóptero explotando durante el baile de graduación y la película de 2013 acabó siendo un remake perfectamente olvidable.
Ahora llega Mike Flanagan, dispuesto a demostrar que esta historia todavía tiene algo que contar.
Y esperemos que así sea, porque Carrie White ya ha sufrido suficientes humillaciones como para que encima le hagan otro remake de mierda.
Mike Flanagan y su particular obsesión por hacernos sufrir
La elección de Mike Flanagan para dirigir esta nueva adaptación tiene bastante sentido.
El responsable de La maldición de Hill House, Misa de medianoche y La caída de la casa Usher lleva años demostrando que el terror funciona especialmente bien cuando consigue que nos importen las personas antes de empezar a destrozarles la vida.
Flanagan no suele conformarse con colocar una criatura espantosa detrás de una puerta. Prefiere hablar de familias rotas, traumas, culpa y relaciones humanas que llevan años pudriéndose en silencio.
En Carrie, ese enfoque encuentra un terreno especialmente fértil.
Porque la historia nunca ha tratado exclusivamente sobre una adolescente que mueve objetos con la mente. Habla de humillación, aislamiento y de lo que sucede cuando una persona desesperada pierde cualquier esperanza de encontrar su sitio en el mundo.
La serie dedica más espacio a desarrollar las relaciones entre sus personajes, especialmente las de Carrie con su madre y sus compañeros de instituto. Summer H. Howell aporta una vulnerabilidad que permite conectar con la protagonista antes de que los acontecimientos empiecen a descontrolarse.
Pero este enfoque también tiene su precio.
¿Ocho episodios para contar una historia que ya funcionaba en una película?
Aquí aparece el elefante en la habitación. Y no, esta vez Carrie no lo ha levantado con la mente.
La película de Brian De Palma, estrenada en 1976 y protagonizada por Sissy Spacek, necesitaba aproximadamente una hora y cuarenta minutos para construir una tragedia que continúa siendo una referencia del cine de terror.
Flanagan dispone de ocho episodios.
Eso permite profundizar en personajes que antes tenían menos presencia, desarrollar nuevas relaciones y explorar asuntos que la película original apenas podía insinuar. La ampliación aporta matices, pero también introduce subtramas y elementos sobrenaturales que se alejan de la sencillez brutal del relato original.
Y no todas esas ampliaciones tienen la misma fuerza.
En algunos momentos, el deseo de comprender a todos los personajes amenaza con suavizar una historia que siempre ha destacado precisamente por su crueldad. Explicar por qué alguien se comporta como un monstruo puede resultar interesante, pero tampoco hace falta preparar una tesis doctoral sobre sus problemas familiares cada vez que decide arruinarle la vida a otra persona.
También existe una diferencia importante entre construir tensión y prolongarla. La historia de Carrie funciona porque sabemos que algo terrible se aproxima y porque, a medida que avanza, resulta cada vez más difícil imaginar una salida feliz.
Estirar demasiado esa espera puede restarle contundencia.
Aun así, la serie encuentra una personalidad propia cuando utiliza ese tiempo adicional para profundizar en el drama humano, en lugar de limitarse a reproducir las imágenes más famosas de sus anteriores adaptaciones.

El baile de graduación más peligroso de la historia del cine y la televisión
Hablar de Carrie sin mencionar el baile de graduación sería como hablar de Tiburón sin mencionar el agua.
La imagen de una adolescente cubierta de sangre se ha convertido en uno de los grandes iconos del terror. No importa cuántas décadas hayan pasado: sigue siendo imposible contemplar una fiesta escolar estadounidense sin sospechar que alguien acabará provocando una catástrofe.
Pero lo verdaderamente perturbador de Carrie no es el espectáculo sobrenatural.
Es todo lo que ocurre antes.
La humillación, la crueldad colectiva y la indiferencia de quienes podrían intervenir construyen una tragedia que resulta especialmente dolorosa porque gran parte de ella podría haberse evitado.
Flanagan comprende ese componente y construye su adaptación alrededor de las decisiones de sus personajes. Sin embargo, también introduce cambios importantes respecto a la novela y a la película de De Palma.
Son decisiones que pueden dividir a los espectadores. Algunos agradecerán que el relato encuentre nuevas posibilidades; otros echarán de menos la brutalidad y la ambigüedad moral del original.
Y ambas posturas tienen argumentos.
Lo que está claro es que, después de esta historia, cualquier invitación a un baile de graduación debería incluir un seguro de responsabilidad civil y un extintor.
Carrie tendrá segunda temporada: Stephen King todavía no ha terminado de repartir desgracias
El éxito de la serie ha sido suficiente para que Prime Video confirme una segunda temporada apenas dos semanas después de su estreno.
La noticia llegó el 22 de octubre de 2026, y tanto Mike Flanagan como Stephen King seguirán vinculados al proyecto.
Lo verdaderamente llamativo es que la nueva temporada pretende ampliar la historia más allá de los acontecimientos que tradicionalmente han marcado el destino de Carrie White.
Esto abre posibilidades interesantes, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿hasta dónde puede estirarse una historia tan vinculada a una tragedia concreta sin terminar convirtiéndose en algo completamente diferente?
La primera temporada ya demuestra que Flanagan no está interesado en reproducir la película de De Palma escena por escena. Su intención es construir una interpretación propia y explorar territorios que la novela nunca necesitó recorrer.
Que eso termine convirtiéndose en una expansión fascinante o en otro ejemplo de una plataforma incapaz de dejar descansar una historia dependerá de lo que venga después.
Porque una segunda temporada puede ser una buena noticia. Convertir cualquier éxito en una franquicia interminable, en cambio, es una enfermedad bastante extendida en Hollywood.
Y ya sabemos cómo funciona esto. Primero te venden una historia cerrada, luego descubren que tiene audiencia y, antes de que puedas pestañear, ya están preparando seis temporadas, tres precuelas y un spin-off sobre el conserje del instituto.
Como sigamos así, dentro de diez años tendremos Carrie: los orígenes de la sangre, Carrie: nueva generación y Carrie contra el multiverso.
No deis ideas, por favor.
Una tragedia que sigue teniendo demasiado que decir
La nueva Carrie no necesita reemplazar a la película de Brian De Palma, ni debería intentarlo.
Aquella adaptación convirtió una historia sobre el rechazo y la violencia en una experiencia cinematográfica difícil de olvidar. Flanagan propone algo diferente: una mirada más extensa, contemporánea y emocional sobre una adolescente a la que prácticamente todo el mundo ha fallado.
Su mayor acierto es recordar que los poderes sobrenaturales nunca fueron el verdadero problema.
El problema siempre estuvo en las personas.
En quienes humillan por diversión, en quienes justifican el abuso como una forma de protección y en quienes prefieren mirar hacia otro lado porque intervenir podría complicarles la existencia.
La serie tiene momentos en los que su ambición narrativa juega en contra de la contundencia del original, pero también consigue actualizar sus conflictos sin convertirlos en una simple colección de referencias modernas.
Porque Carrie White no necesita que le tengamos miedo. Necesita que entendamos por qué ha llegado hasta ese punto.
Y quizá esa sea la lección más incómoda que deja esta nueva adaptación: antes de preocuparse por una adolescente capaz de incendiar un instituto con la mente, convendría preguntarse qué clase de sociedad disfruta empujándola hasta el límite.
Aunque, pensándolo bien, después de conocer a algunos de sus compañeros, lo sorprendente es que Carrie haya tenido paciencia durante tanto tiempo.
Carrie está disponible en Prime Video con sus ocho episodios completos. La segunda temporada está confirmada, aunque todavía no tiene fecha de estreno.

