Blizzard ha metido Santuario en Nintendo Switch 2 y, después de jugarlo, tenemos bastante claro que Diablo portátil sigue siendo una idea peligrosamente buena. Diablo IV: Age of Hatred Collection reúne el juego base, Vessel of Hatred y Lord of Hatred: un paquete enorme de campañas, regiones y personajes capaces de convertir cualquier tarde libre en un problema de organización personal.
Quien llegue ahora encontrará un juego mucho más amplio que el de 2023. Quien ya lo conozca descubrirá otra excusa para seguir enganchado. Ahora puedes destrozar demonios sentado en el váter mientras comparas las estadísticas de unas botas legendarias. La tecnología finalmente ha cumplido su propósito, aunque Blizzard haya decidido que para abrir las puertas del Infierno también necesitas wifi.
El combate sigue siendo el culpable de que mañana tengas sueño
La fórmula continúa funcionando con una eficacia preocupante: entras en una mazmorra, matas demonios y encuentras una espada ligeramente mejor. Cuando quieres darte cuenta son las tres de la madrugada y estás discutiendo contigo mismo si un 4,8 % más de daño compensa perder horas de sueño. Diablo IV convierte esa búsqueda de mejoras en una rutina tremendamente satisfactoria, alimentada por un mundo abierto donde siempre hay cosa que hacer cerca.
Todo se sostiene porque matar demonios sigue siendo una gozada. Los golpes tienen peso, las habilidades responden con rapidez y una buena configuración transforma el caos en una trituradora perfectamente organizada. Al principio peleas contra los enemigos; unas horas después entras en una habitación y provocas una estadística de mortalidad. La evolución del personaje se nota y mantiene las ganas de probar combinaciones nuevas.
La colección ofrece ocho clases, con espiritualista, paladín y brujo incorporados al repertorio original. Hay margen para cambiar completamente de estilo, desde el cuerpo a cuerpo hasta los hechizos y los esbirros. Entre las campañas, Nahantu, Skovos y las actividades de final de juego, el contenido justifica ampliamente el tamaño de la colección. El verdadero riesgo es acabar tratando el inventario como un segundo empleo.
Santuario sigue precioso para ir a pasarlo fatal
La dirección artística conserva una de las grandes virtudes de Diablo IV: construir un mundo miserable que apetece recorrer. Los pueblos embarrados, las iglesias abandonadas y los bosques donde hasta los árboles parecen tener antecedentes penales transmiten una oscuridad que no depende únicamente de enseñar monstruos enormes. A veces bastan tres velas y algo demasiado humano pegado a una pared para provocar una reunión extraordinaria del Vaticano.
Esa ambientación funciona sorprendentemente bien en la pantalla portátil. Switch 2 tiene sus compromisos técnicos, pero conserva la personalidad visual de Santuario y el atractivo de sus escenarios. Para nosotros, poder llevar esa experiencia a cualquier rincón pesa bastante más que perseguir la imagen más espectacular posible en un ordenador cuya gráfica cueste lo mismo que un coche usado.

Los 40 FPS y una pantalla táctil con sentido
Blizzard detalla dos modos gráficos. Calidad fija como objetivo 1080p y 30 FPS en portátil, o 1440p y 30 FPS en el dock. Rendimiento apunta a 1080p y 40 FPS en ambos casos, aunque en televisor exige una pantalla compatible de 120 Hz o más. Son las especificaciones oficiales; no las presentamos como mediciones técnicas propias.
Nuestra elección es el modo Rendimiento. La mejora de fluidez encaja especialmente bien con un juego donde esquivamos, atravesamos grupos de enemigos y llenamos la pantalla de efectos constantemente. Esos 40 FPS ofrecen un punto intermedio razonable entre los 30 habituales y los 60 que exigirían más a la máquina. En televisión preferimos esa respuesta adicional al aumento de resolución, y en portátil el conjunto resulta muy convincente.
La pantalla táctil también tiene utilidad real: permite manejar buena parte de los menús, el mapa y el inventario. En un juego donde pasarás media vida inspeccionando espadas, poder tocar directamente lo que buscas se agradece. Lo desconcertante es que admita ratón y teclado por USB pero no la función de ratón de los Joy-Con 2. Una consola con mandos que hacen de ratón y un juego lleno de iconos han decidido no hablarse. Perfecto.
Tu personaje viaja contigo; la conexión también tiene que hacerlo
La progresión cruzada es uno de los argumentos más sólidos de esta versión. Puedes continuar con tu personaje de PC, Xbox o PlayStation y conservar esa obsesión enfermiza por conseguir mejores pantalones. Necesitas el juego en cada plataforma, pero no Nintendo Switch Online para compartir el progreso. Para quienes ya juegan en otro sistema, esa continuidad da sentido a comprarlo de nuevo.
El juego cruzado sí requiere Nintendo Switch Online. Sin suscripción puedes acceder a la campaña, misiones secundarias, actividades de mundo abierto, cooperativo local y contenido de temporada; quedan fuera los grupos online, el comercio, los clanes, el JcJ y los encuentros con otros jugadores por el mundo. Blizzard explica estas condiciones en su FAQ, pero conviene entender la diferencia antes de pagar.
La primera hostia llega con el requisito que afecta a todos: Diablo IV exige Internet incluso jugando en solitario, además de una cuenta de Battle.net. Puedes tener batería, consola y una hora libre en el tren; si la conexión falla, las puertas del Infierno tienen mejor sistema de admisión que una discoteca de Ibiza. Es la mayor contradicción de la adaptación, porque su estructura encaja de maravilla en sesiones portátiles y su dependencia del servidor limita dónde puedes disfrutarlas.
La caja: merchandising con contraseña
La edición comercializada como Code in Box contiene un código de descarga, sin cartucho ni Game-Key Card. Lo indican la ficha norteamericana de Best Buy y la descripción de World of Games.
Blizzard ha conseguido vender una edición física donde el videojuego es lo único que no es físico. Una vez canjeado el código, no tienes una tarjeta que prestar o vender como una copia tradicional. La caja sí puedes guardarla: preciosa y vacía. Me habría encantado estar en la reunión donde alguien levantó la mano y dijo que aquello era una idea cojonuda, aunque probablemente sea mejor no reproducir aquí la respuesta que habría recibido por nuestra parte si queremos seguir publicando la revista desde fuera de una mazmorra. Con cartuchos y tarjetas llave disponibles, escoger el papelito resulta especialmente cutre.
Luego la industria se pregunta por qué preocupa tanto la desaparición del formato físico. Quizá porque, cuando alguien compra una caja de un videojuego, espera encontrar dentro el puto videojuego. No un código. No un papelito. El juego. Porque si para llamarlo «físico» basta con que exista un envase, mañana imprimimos una captura de Steam, la metemos en un marco y montamos una edición coleccionista. Para jugar, esta colección tiene muchísimo que ofrecer; para quien quiere conservar, prestar o vender su copia como toda la vida, esta presentación merece un bofetón con la mano abierta.

Veredicto gamberro
Diablo IV y Switch 2 funcionan muy bien juntos. El combate, la progresión y las actividades relativamente breves encajan con una portátil, mientras la colección ofrece muchísimo contenido para quien entre por primera vez. Para el veterano, continuar con el mismo personaje desde el sofá o la cama es un argumento poderoso. Añade el modo Rendimiento y el manejo táctil, y queda una adaptación muy fácil de recomendar a quien tenga conexión estable.
Persisten los demonios habituales del juego como servicio: compras internas, temporadas y una progresión que puede convertir la aventura en contabilidad de pantalones. Mefisto amenaza Santuario mientras tú llevas veinte minutos decidiendo qué estadística te conviene. Esa obsesión forma parte del encanto, pero también explica por qué este juego puede devorar más tiempo del que querías entregarle.

La conexión permanente y la caja con código impiden que la propuesta sea redonda. Aun así, cuando empiezan a caer objetos y tu personaje mejora, vuelve el maldito «una mazmorra más». Dices que vas a jugar veinte minutos y dos horas después sigues ahí. Diablo ha vuelto a ganar; ahora, además, cabe en la mochila, siempre que el wifi también consiga acompañarte.
Puntuación de El Pixel Gamberro
La jugabilidad se lleva un 94/100 porque Diablo IV sigue teniendo uno de esos bucles jugables capaces de tragarse horas sin pedir permiso. Entrar, matar, mejorar equipo y volver a entrar continúa funcionando con una facilidad casi obscena.
El combate y la progresión alcanzan un 95/100. Las habilidades responden bien, las clases ofrecen estilos muy distintos y construir un personaje hasta convertirlo en una trituradora de demonios sigue siendo una de las grandes virtudes del juego.
En contenido sube hasta 96/100. Age of Hatred Collection llega cargada hasta arriba, con el juego base, expansiones, regiones, clases y una cantidad de actividades suficiente para que decir «me lo voy a terminar» suene más a amenaza que a propósito.
La dirección artística obtiene un 93/100. Santuario sigue siendo oscuro, miserable, desagradable y precioso precisamente por todo eso. Pocos juegos consiguen que un montón de barro, cadáveres y velas parezca tan atractivo.
La adaptación a Nintendo Switch 2 se queda en 89/100. Hay sacrificios evidentes frente a plataformas más potentes, pero los modos gráficos están bien planteados, los 40 FPS del modo Rendimiento encajan perfectamente con el tipo de juego y la experiencia se mantiene intacta en lo importante.
La experiencia portátil alcanza 93/100 porque Diablo IV parece diseñado accidentalmente para este formato. Sesiones cortas, actividades rápidas y progresión constante encajan de maravilla con una consola que puedes encender en cualquier momento.
Y entonces llegamos a las dos hostias.
La política online baja hasta 65/100. Obligar a mantener conexión permanente en una versión portátil limita precisamente una de las mayores ventajas de Switch 2: poder jugar donde te dé la gana. Puedes llevarte Santuario en la mochila, sí, siempre que Santuario encuentre Wi-Fi.
Y el formato físico se desploma hasta un glorioso 10/100. Porque vender una caja sin cartucho, sin tarjeta llave y con un simple código dentro merece reconocimiento especial. Esa nota puede traducirse fácilmente como: Blizzard, no me toques los cojones.
NOTA FINAL: 91/100
Diablo IV en Nintendo Switch 2 es una adaptación absorbente, cómoda y repleta de contenido. No es la versión visualmente más espectacular ni pretende serlo, pero consigue mantener aquello que hace grande al juego y añade una portabilidad que encaja perfectamente con su estructura.
La conexión obligatoria le resta parte de esa libertad y la supuesta edición física parece diseñada específicamente para cabrear a cualquiera que todavía valore tener sus juegos en una estantería.
Pero cuando empiezas a jugar, Diablo vuelve a hacer lo de siempre.
Matas un demonio.
Cae una espada.
La espada tiene números mejores.
Dices que juegas diez minutos más.
Y dos horas después sigues allí.
Por eso se lleva un 91/100.
Y porque, por mucho que Blizzard se empeñe en cabrearnos con cajas vacías y conexiones obligatorias, el cabrón del juego sigue siendo tremendamente bueno.